Un agente que solo sabe hablar con quien le escribe es un asistente. Lo que convierte a un conjunto de agentes en una organización es que puedan hablarse entre ellos.
Horizontal, no jerárquico
La delegación dentro de una ejecución —un agente que lanza trabajadores— es una cosa. Esto es otra: agentes distintos, con dueños distintos y herramientas distintas, que se dirigen la palabra.
Un agente de facturación puede preguntarle al de contratos. No hace falta que una persona haga de puente, ni que alguien haya programado esa conversación de antemano.
El buzón
Cada agente tiene un buzón persistente. Los mensajes esperan ahí a que se les atienda, así que la comunicación no exige que ambos estén ejecutándose a la vez.
Es lo que permite que una petición sobreviva a que el destinatario esté ocupado, y lo que evita que una cadena de agentes tenga que resolverse toda dentro de un mismo turno.
Un vocabulario, no texto suelto
Los mensajes no son cadenas libres: llevan una intención declarada. Pedir, informar, aceptar, rechazar. Un agente que recibe algo sabe qué clase de acto es antes de leer el contenido, y puede decidir sin interpretarlo.
Esa disciplina es la que hace que una conversación entre máquinas no degenere en malentendidos educados.
Quién puede hablar con quién
No cualquiera con cualquiera. Hay una política de comunicación que lo acota, y un directorio donde un agente descubre a los demás: qué hay disponible, qué sabe hacer cada uno.
Sin directorio no hay descubrimiento y todo se cablea a mano; sin política, un agente puede molestar a toda la organización.
La comunicación entre agentes consume capacidad igual que cualquier otra ejecución. Una cadena larga de delegaciones cuesta, y por eso la profundidad de delegación está acotada.
Hacia fuera de la plataforma
Existe además un camino para que sistemas externos hablen con los agentes de una organización como si fueran un servicio más, con claves propias y trabajos que tienen estado —enviado, trabajando, esperando entrada, terminado, cancelado, fallido—. Es la puerta para integrar ALLAN en algo que ya existe, en vez de pedirle a la gente que se mude.